Veranos en desuso: la playa

Anonim

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Mitad de junio. A estas alturas cuando era niña ya tenía claro donde iba veranear (como verbo conjugable). También lo tenía claro en abril y en enero y en octubre del año anterior, porque las vacaciones, salvo que un meteorito chocara contra la tierra, para mis amigas y para mis siempre siempre en el mismo sitio : en "el pueblo". Así, en genérico.

Aquí cabían dos opciones, que el pueblo en cuestión huirá de un pueblo, sin más, o que tuvieras suerte y “tu” pueblo, además de pueblo, especialmente playa . Por supuesto, estos eran los pueblos favoritos de todas las niñas de mi clase, que pasaban directamente, sin ningún mérito añadido, engrosar la lista de celebridades de clase A del curso.

O que decir tiene que al pueblo uno viajaba en cheque: ventanillas bajadas, bolsas de plástico en la guantera, un (como número) juguete para cada hermano y la fiambrera (el tupper vino después). Corría el rumor de que existen unas tiritas que se colgaban en algún lugar y que por alguna extraña razón, con el camino con la carretera evitaban que te marearas, pero en mi familia nunca se llegó a experimentar.

Yo estaba en la lista A. Vamos, eso iba a la playa. Y cuando digo iba a la playa, es que iba a la playa, porque durante el mes entero que estaban allí ( por supuesto, en agosto ), no se hizo nada más. Mañana llega tarde. Día tras día. De ahí que todavía conserva tan vívidos recuerdos una serie de aderezos playeros que nos acompañaban, recuerdos que me debate entre nostalgia y el sonrojo .

Sin ninguna duda, mi gadget playero favorito era la cajita-monedero con cuerda con la que las madres se bañarían a sus anchas sin tener que preocuparse de vigilar la toalla. Había dos versiones, la cilíndrica y la rectangular. La primera tenía mucho encanto, porque ibas tintineando como una vaca, era perfecta para llevar las pesetas y los duros (luego las monedas de 500 no cabían tan bien). Lo malo era cuando cargabas demasiado que te dejaba el cuello hecho trizas. La segunda estaba especificada con un objetivo mucho más específico: los fumadores modernos (lo cual era casi una redundancia, porque eras fumador eras moderno), que no tenían que renunciar a su cigarrillo mientras chapoteaban porque cabía el paquete de bisontes completo. Si tienes diez palmeras, cocoters o la leyenda de algún lugar recurrente (Torremolinos, Estepona, Pollença …) será un pionero de la moda, cuando todavía sea un pionero de la tendencia no se les llamaba así.

Otro gadget fantástico era el mini ventilador . No deberíamos ser muy buenos, pero siempre solían ser amarillos y uno tenía que llevar siempre pilas de repuesto porque se las ventilaba en los medios mañana. En realidad era un poco como tener frío y rascarse la barriga, porque el vendaval era casi inapreciable, pero con él eras el más molón. Es inútil en términos de "asientos" para personas y nadie dice nada. Los que si tenían un buen uso eran los vasos plegables, esos que, por arte de magia, guardaban en una cajita redonda y luego estiraban.

Pueblos con mar

Pueblos con mar © Corbis

El auge marbellí dejó notar en todas las playas. También en la de mi pueblo, que no quedaba cerca. Sobre todo en la obsesión de las señoras por carbonizarse al sol y además ponerse bañadores y biquinís blanquísimos para que aún resaltase más. Claro, entonces lo más era la crema de zanahoria, que una vez que la echabas ni auque las visitas a una trayectoria hecha con la más poderosa alienación de amianto podías evitar las quemaduras de tercer grado y el color de piel a lo Julio Sabala .

Especial adoración me inspiraban esos cachivaches a modo de traje de Demi Rusos con para cambiarte en plan "discreto", con los que montabas un circo de impresión, además de los gorros de ventosa de las señoras (mi madre tenían varios) para no mojarse el pelo (esto era otra cosa que tampoco intente porque ni un 1 por ciento de las señoras metía la cabeza para nadar). Inútil, sí, pero eran divertidos porque desde lejos los podías confundir con la gran barrera de coral con todos sus relieves y flora marina. Las tardes, ya cambiados y duchados (y con el aftersun, léase como suena), toca ir a tomar algo a alguna terracita del paseo. Horchata, zumo o granizado . ¡Pero qué horchata, qué zumo y qué granizado! Servido con pajitas de origami de manzanas, piñas o pavos reales y adornados con sombrillitas chinas que, por supuesto, te llevabas a casa y luego servían de sombrilla para tus muñecas.

En cuanto tiene recuerdos. tres marcaron mis veranos a fuego: uno eran unos incomprensibles llaveros de plástico de un gorila con falda hawaiana, al que apretabas la tripa y todos sabemos lo que pasaba (en mi pueblo, por alguna extraña razón llamaban "colitero"), el otro unos cocos con cara y gafas de alambre a los que les salía césped en el pelo, y el tercero, figuras hechas con conchas. Aquí es donde puedes imaginar un amplio: tienen ser gatos con bigotes, una carroza de caballos o una bailarina rusa. Eso sí: todo con conchas. Luego estaban las postales de señoritas en paños menores, típicas de ibiza y similares, y más tarde una que repetía en cualquier playa española y que era toda negro y ponía: "tal ciudad … de noche". Una juerga, vamos.

Los cuadernillos Rubio de matemáticas, los libros de Santillana, las bocatas de tulipán y la jarra de Tang … como eran los veranos en mi pueblo. Perdón. En medio de la playa. Que quede claro. Porque yo era de clase A.